Intermedio. Por: Jotamario Arbeláez
La Casa de las Agujas (3)
Noviembre 03 de 2009
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Don Cayetano gimió toda la noche y escuchamos como ruidos de alas de visitantes que entraban y salían susurrando. Parece que los demonios trataron de llevárselo, pero su ángel de la guarda lo defendió con su espada. Olores encontrados de azahares y azufre se tomaron el patio. Mis padres roncaron sin cesar y no se percataron del fenómeno.
Madrugué a lavarme la cara, pero por el grifo salió un chorro de sangre que me asustó. Cerré de prisa antes de que me regañaran y me metí al inodoro a lavarme con el agua del tanque. Miré los dientes en el espejo y los vi más amarillos que ayer. Me peiné como Tony Curtis en la película ‘Trapecio’ y busqué ‘Las ruinas de Palmira’, ese libro sin pastas que me regaló un condiscípulo. Estuve leyendo en voz alta hasta que desde la otra casa me gritaron que me callara.
Don Bernardo el carnicero se tomó anoche unos tragos de más y esta mañana no abrió. En el andén le dejaron las reses muertas y listas para destazar. Cada vecino ha ido con un cuchillo y cortado lo necesario para las comidas del día. Al mediodía todo el mundo pudo contemplar los huesos pelados.
He hecho la cuenta de mis ventas en el teatro. Estoy descuadrado. La suma es inferior a la mercancía despachada. Las gomas están tiesas y las papas fritas se han ablandado. De cada bolsita de maní he sacado unos granos para mi disfrute. Tendré que rendirle cuentas al de la tienda, y quién sabe si me quite el negocio.
Abuela piensa viajar a Rionegro a visitar a Eloísa y luego a Medellín a ver a Matilde, quien va a prestarle la plata que necesita papá para cancelarle a don Cayetano, que sólo espera que le paguen para morirse. Una mariposa negra se ha posado sobre el contador de la luz.
Víctor Mario Martínez pasó temprano por mi casa para que nos fuéramos al río a extraerle bagres. Traía un costal y unos tarros vacíos de galletas. A su hermana le sacó de la cartera de lentejuelas $2 y con ese botín vamos a darnos una orgía de pasteles con nuestros secuaces que sí asisten a la escuela a cubrirnos la espalda. El río está oscuro por la crecida. Nos quitamos los zapatos y como nuestros pantalones son cortos no corremos el riesgo de mojarlos andando cerca de la orilla. Hundimos los tarros que están llenos de perforaciones en la lata del fondo, los restregamos por el limo del fondo donde se pegan los corronchos, y los sacamos al sol mientras escurren. Y allí tenemos nuestra presa llena de escamas babosas. Las pasamos a un frasco y continuamos la operación.
En la escuela han dado la alarma de nuestra deserción y se han formado brigadas para buscarnos. Una la comanda el feroz señor Toro peinado por la mitad, quien lleva por la correa a un perro de presa experto en seguir el rastro de los alumnos escapados. Alcanzamos a oír los ladridos a dos cuadras de distancia.
Decidimos escondernos en una cueva a la que se entra por entre unos matorrales espesos. Tenemos los pies mojados porque entramos hasta la mitad del río. Es una cueva llena de culebras salvajes. Sentimos que se deslizan por nuestras manos, pero no nos producen ningún temor y antes complacencia. Oímos que pasan por encima de nosotros los perros y el cazador. Cuando los ladridos se pierden en la distancia emergemos por el agujero, nos despedimos como buenos amigos, y aunque vivimos en la misma cuadra tomamos caminos distintos para despistar al enemigo. Mañana será otro día, pero nosotros ya no seremos los mismos.