Este sencillo réquiem por quien en vida se llamó Francisca Viveros Barradas, mundialmente conocida como Paquita la del Barrio, nacida en Alto Lucero, Veracruz, en 1947 y recientemente fallecida en Xalapa, reconoce su trasegar por el mundo y su exquisito concepto de la poesía sin ambages.

Dediqué los últimos días del pasado año a razonar un poco acerca de la condición humana, para llegar a una desalentadora conclusión: desde siempre, ha tenido más adeptos la ponzoña que la miel, la venganza que la concordia, el odio que el amor.

De otra manera no se entiende que el poema ‘El hombre de la esquina rosada’, de Jorge Luis Borges, tenga solo 2788 visitas en Google, y ‘Rata de dos patas’, de Paquita la del Barrio, sume ya 7.651.691 entradas, con entusiastas comentarios a esta creación que podría ser hoy el mejor ejemplo del barroco latinoamericano. ‘Barroco’, digo, si nos atenemos a las características de un estilo caracterizado en el Siglo XVII por un profundo periodo de crisis, pesimismo y desengaño, con desigualdad social, miseria rampante, grandes migraciones, violencia, desconfianza y, al tiempo, un deseo excesivo de aparentar, con retorcidas ornamentaciones.

He llegado tarde a Paca, lo reconozco, y admito, desengañado, que pensé se trataba de un diamante en bruto de las clases obreras indoamericanas. Pero no; ella le ‘llega’ a la filósofa y a la magistrada, a la que vende minutos, a la ministra y a la impulsadora.

He pensado un poco en Lope de Vega cuando debió huir por unos versos que puso a circular en pleno Siglo de Oro Español, y en el aplauso millonario que reciben hoy versos como: “Rata inmunda, animal rastrero/ escoria de la vida/ adefesio mal hecho/ infrahumano espectro del infierno/ maldita sabandija, cuándo daño más hecho…” (¿?).

Con los últimos soles de diciembre quise saber por qué a las mujeres les puede gustar esto de “rata de dos patas, te estoy hablando a ti/ porque un bicho rastrero, aun siendo el más maldito/ comparado contigo, se queda muy chiquito…”. La Paca, además, entre verso y verso, suelta maldiciones en tono guanacasteco: “¡Me estás oyendo inútil, hiena del infierno, cuánto te odio y te desprecio...!”.

Creo que a la del barrio deberían prohibirla, por razones estéticas. A la miseria y el dolor que produce la violencia, no es posible agregarle estas puñaladas a los tratos de amor. Los asuntos del corazón a veces se degradan, pero creo es menester mantener el respeto. Paca ha ido demasiado lejos: “Maldita sanguijuela, maldita cucaracha/ que infectas donde picas, que hieres y que matas…”.

La curiosidad me llevó a indagar más en el fenómeno Paca, y ahora soy experto. Descubrí, por ejemplo, que ha insistido en letras desgraciadas, quizá tratando de superar al roedor erecto, sin conseguirlo. No se puede negar, sin embargo, que ‘Dormirás en el suelo’, ofende también de manera impúdica al ego masculino: “No podrás arrancar de mi mente este infierno que traigo de celos/ mientras viva no vuelvo a quererte/ hoy te toca dormir en el suelo…”, injusto, por no decir infame.

Sin contar otra composición, bastante ofensiva, que fue himno también en el repertorio de Helenita Vargas: ‘Tres veces te engañé’. La primera por coraje, la segunda por capricho y la tercera por placer. Demasiada revancha y maldad contra un pobre reno.

Al fondo, Paca es una heroína feminista, la que no se calla: “Vamos con todo las mujeres de hoy en día/ ya no se vale soportar los malos tratos/ alza la voz si eres la víctima callada/ de estos malditos malandrines pelagatos…”.

Algo que indigna en Paca es su falta de clemencia: “Arrástrate a mis rodillas/ te quiero ver llorando sangre…”, y la poca consideración que demuestra hacia el mejor amigo del hombre, sin conciencia ecológica o aprecio por las criaturas más indefensas de la madre naturaleza: “Como perro suplicarás, pidiéndome compasión, y no la tendré de ti… Te aplastaré como un gusano/ y ya después te enterraré en el pasado…”.