La gente de mi generación, vale decir los viejos colombianos, teníamos en los años de nuestra juventud admiración profunda por Estados Unidos, y todo lo que conocíamos de esa gran nación nos parecía perfecto.

Es posible que esa admiración surgiera por la decisiva participación de los ejércitos estadounidenses en la II Guerra Mundial que tuvo el planeta tierra en vilo al temer que Adolfo Hitler se apoderara de la humanidad entera. El ingreso de los gringos al conflicto impidió que el psicópata alemán cumpliera su sueño.

Las películas que salían de Hollywood influyeron para que todos cayésemos rendidos ante la gran potencia, porque ellas mostraban en las pantallas a los intrépidos héroes, como George Patton que le hizo morder el polvo del desierto a Erwin Rommel y sus divisiones Panzer.

Aventuras en Birmania, Batan, Guadalcanal, El zorro del desierto, Arenas de Iwo Jima, que yo veía una y otra vez en el teatro Boyacá de Tuluá, donde aparecían esos guerreros del Tío Sam, que derrotaban a la Alemania nazi y al Japón imperial.

Cuando a mis 13 años entré por primera vez a Estados Unidos, quedé con la boca abierta. El viaje inició en Houston, luego Nueva Orleans, Washington, y, por fin, Nueva York. No salía de mi asombro cuando en Times Square vi el gigantesco aviso de cigarrillos Camel en el que un apuesto caballero soltaba de su boca anillos de humo, y ni hablar de las noticias que se mostraban en letreros luminosos en uno de los edificios del icónico lugar.

Con el curso del tiempo conocí y estudié la perfecta democracia que tenía ese país, y admiraba a sus presidentes demócratas como Franklin D. Roosevelt y John F. Kennedy, y recientemente a Barack Obama, a mi juicio el más grande de todos.

Ahora Estados Unidos ha caído en manos del peor de sus enemigos, el presidente Donald Trump, un oscuro sujeto, condenado por la comisión de 34 delitos, misógino, grotesco, narciso, tiene todas las características del delincuente, como lo revelan jueces rectos a los que no pudo convencer de su inocencia.

Desde el 20 de enero, el mundo, horrorizado, está viendo lo que sale de la Oficina Oval, pues Trump, con sus órdenes ejecutivas, ha declarado una guerra social, económica y política a todas las naciones que se atreven a contradecirle.

Sacó a su país de la Organización Mundial de la Salud; abandonó la Otan para dejar a Europa a su suerte; borró a Usaid, quitando apoyo financiero a muchas instituciones que lo requerían; elevó aranceles a México y Canadá; negocia con Putin la rendición de Ucrania sin la intervención de Kiev; desea apropiarse del Canal de Panamá, y pretende comprar a Groenlandia. A China la trata con suavidad, porque si el dragón asiático abre sus fauces, sus planes expansionistas corren serio peligro.

Cuando el presidente Petro le exigió a Trump que los deportados colombianos fueran tratados con dignidad, la derecha criolla, que adora al magnate peliteñido, salió a despotricar, mostrando que nada le importan las esposas y los grilletes con los que expulsaban a nuestros compatriotas.

Si el Partido Demócrata con sus líderes no se para en la raya para impedir los desmanes del nuevo inquilino de la Casa Blanca, estaremos en riesgo de situaciones gravísimas porque Trump puede oprimir el botón rojo para desatar una devastadora conflagración mundial.

Y si llega ese momento, que nos coja confesados.