Alfredo Arias, técnico del Deportivo Cali, ya lo dijo hace algunos días: “La buena hinchada está ganando el campeonato”. Bien entendida, esta frase refleja tal cual la manera en como la fanaticada del equipo verde se ha venido transformando en medio de las tragedias que le han acontecido al club en los últimos años.

Amar en la riqueza y la pobreza, en la salud y en la enfermedad, no solo es un compromiso que le atañe a un matrimonio, sino también a una hinchada con su equipo de fútbol, y tuvieron que pasar las duras y las maduras para que el socio y el hincha verdiblanco lo entendiera.

Estar por primera vez en riesgo de descenso, sufrir una hecatombe financiera (con una deuda por más de 100.000 millones de pesos), perder partidos increíbles y padecer peleas lastimosas entre sus mismos directivos, fueron algunas de las situaciones que, lejos de apartar a la gente del estadio, terminaron uniéndola para llenar Palmaseca sin importar resultado, algo que no pasaba en otros contextos.

Por ejemplo, recuerdo a ese Deportivo Cali del ‘Green Team’, con Dudamel, Giovanni Hernández, Víctor Aristizábal e Iván René Valenciano jugando con menos de 10.000 personas en el estadio; o al equipo campeón del 2005, estrenarse en la Copa Libertadores del 2006 contra el Corinthians de Carlos Tévez en un Pascual Guerrero a medias.

Así no lo admitamos, durante muchos años el hincha del Cali se sintió tan seguro, tan aburguesado, que ningún partido era ‘digno’ para comprar una boleta e ir a apoyar como, por ejemplo, lo hicieron las 25.000 personas que vieron el triunfo

3-1 sobre Millonarios el domingo pasando, con un equipo modesto y con pocas figuras, como lo ha sido al menos en los últimos tres años.

Durante muchas noches, esos mismos 25.000 aficionados (aforo permitido) han tenido que sufrir baldazos de agua fría tremendos: el Cali desastroso de Máyer Candelo, el equipo insípido de Jorge Luis Pinto, la nómina irregular que dirigió Jaime de la Pava y el barco que naufragó junto con Hernán Torres, pero siguen ahí, firmes, con fe en que todo mejorará.

Solamente hay que acercarse un día de partido para ver la alegría de los buenos hinchas, haciendo asado a las afueras del estadio antes y después del partido, y esperando horas para poder salir de Palmaseca por la congestión vehicular que se forma. Amor del bueno, dirían unos, porque sin duda lo más fácil hubiera sido desentenderse de un club al cual le ha costado recomponer su camino.

En este 2025, el hincha bueno, ese que no es violento y que acepta el marcador, se merece al fin un premio, una nueva alegría, esa que experimentan los que son campeones por su sentimiento, y no por un resultado.