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Gracias, Tatiana
Perdoná si te veo ahora como esa ‘gurú’ de la motivación que no buscabas ser.
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Esta mañana, en medio de la avalancha de titulares sobre escándalos, odios y mentiras que suele acompañar mi café matutino, las noticias me hablan también sobre Tatiana Andia. Dicen que se fue, como ella quería, con dignidad.
Entonces busco su última columna en El Espectador y la leo casi sin respirar. Y ella, a quien no tuve el privilegio de conocer, regresa para darme una cachetada que me deja sentado.
“Me disponía a hacer una larga lista, no exhaustiva, de las cosas que extraño. Comenzaría con cosas muy básicas o, como ahora les digo, los ‘pequeños grandes placeres’ que no sabía que eran placeres: bajar las escaleras, preparar un café y sostener la taza con suficiente solvencia como para evitar tirármelo encima y disfrutarlo plenamente”, cuenta Tatiana en el primer párrafo de ese texto.
Entonces miro mi mano, mi propia taza de café, mis piernas, la malacara con la que recibo el día. Y me avergüenzo de haber perdido, una vez más, la conciencia del milagro de estar aquí y ahora. A Tatiana Andia le habían diagnosticado en el 2023 un agresivo cáncer de pulmón incurable. Y finalmente, este miércoles 26 de febrero, abordó el tren de la eternidad.
No puedo dejar de preguntarme qué habría hecho yo en ese caso. Lo que sí sé ahora es que quisiera tener su valentía. Y su claridad para hablarnos sobre un tema que sigue siendo tabú para millones de colombianos: el de la eutanasia.
Como dijo Tatiana en su columna, “a pesar de que todos sabemos que nos vamos a morir, no sabemos lidiar con la muerte, ni con la propia, ni con la de nuestros seres queridos”.
En una entrevista que dio el año pasado, ella contó que desde el primer día decidió que no se sometería a quimioterapia, cirugías invasivas, intubaciones o cuidados intensivos. “No creo que nadie venga a la Tierra a sufrir. Nunca fue mi filosofía de vida”, dijo.
Pero además, como economista, socióloga, historiadora, docente universitaria y consultora internacional, había estudiado a fondo las debilidades de nuestro sistema de salud. Y supongo que eso también incidió en su elección de no exponerse a la pesadilla de los trámites interminables en las EPS, de las tutelas inservibles, de la burocracia inhumana.
Eligió, en cambio, vivir sus últimos días con plenitud y absoluta conciencia del milagro de estar viva. “Siento mucha fortuna de celebrar en vida mi propio funeral. Si fuera posible, me encantaría que la gente muera como yo: muy feliz, muy amada, con tranquilidad, paz”.
Según contó, al recibir su diagnóstico, eliminó de su vida la basura que no servía, se dedicó a viajar, a escribir, a enseñar, a reencontrarse con viejos amigos, a gozar y reírse muchas veces de las cosas más intrascendentes. Esas que, usualmente, no vemos ni valoramos porque nos levantamos cada mañana pensando en otras que creemos superlativas.
Vuelvo a leerla y casi puedo verla. Veo la taza de café que ya no lograba sostener en sus últimos días. Y recuerdo algo que leí hace muchos años en un librito maltrecho de Simone de Beauvoir: “No hay muerte natural: nada de lo que sucede al hombre es natural, puesto que su sola presencia pone en cuestión al mundo. La muerte es un accidente, y aun si los hombres la conocen y la aceptan, es una violencia indebida”.
Gracias, Tatiana. Y buen viaje. Perdoná si te veo ahora como esa ‘gurú’ de la motivación que no buscabas ser. Pero me has despertado un poco de la muerte. Y tengo, como vos, la absoluta determinación de querer sacarle hasta la última gota de jugo a esta fruta deliciosa y madura que es la vida.
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